Desde pequeña, siempre he sido esa persona que saca buenas notas. La que se esfuerza, la que va más allá, la que se propone retos complicados pero pretende lograrlos, la que quiere hacerlo todo bien. Y, sin darme cuenta, me convertí en esa persona que intenta ser perfecta siempre. Perfecta para los profesores, para mi familia, para mis amigos y para el mundo. Como si llevarlo todo bajo mi control fuese mi manera de sentir que valgo. Y en parte es así. Me gusta hacer las cosas bien. Me gusta sentirme capaz. Pero también hay algo muy agotador que nadie ve (ni siquiera yo) detrás de todo eso. Porque cuando la gente se acostumbra a que seas “la que lo tiene todo”, empiezan a esperar cosas de ti que a veces ni siquiera te representan. Como cuando mi hermana se graduó en el grado de enfermería: todo el mundo (familiares, amigos de mi hermana, exprofesores de mi hermana…) me decía que yo quería ser enfermera como ella. Como si fuera una norma y estuviera escrito. ¿Y si no quiero eso? Nunca ...
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